1992: ECR Itinerante
Itinerancia Ibercaja 1992-93


Obra de Javier Almalé.

Obra de Javier Almalé.

Obra de Casado Serrano.

Obra de Casado Serrano.

Obra de Pedro Flores.

Obra de Pedro Flores.

Obra de El Vaso Solanas.

Obra de El Vaso Solanas.
Texto del catálogo editado por Ibercaja.
Vicente Villarrocha
De mi pequeño reino afortunado
me quedó esta costumbre de calor
y una imposible propensión al mito
Jaime Gil de Biedma
En el reparto de papeles, auténticos acontecimientos, que de forma habitual y con inusitado crecimiento propicia lo que entendemos por hecho artístico, corresponde a los textos que aparecen en los catálogos de exposiciones bien ilustrar los contenidos icónicos o ideológicos del artista de turno, bien argumentar el “escaparate”, es decir los “acontecimientos internos” de la obra mostrada, sencillamente servir de edulcorado canto de “virtudes” intrínsecas que posee el autor de esas obras a las que acompaña. Claro que, y por simplificar, explicito tres situaciones distintas, aunque formalmente acaban siendo la misma practica; desde una cierta forma de entender la crítica de arte, desde la historiografía más rabiosamente actual, o desde la semántica de los “comulgantes” en el hecho comercial del objeto artístico, esta suerte de “género epistolar”, palabras servidas en generosa connivencia, no es otra cosa que oscuro desencanto, unas veces; espléndidos, y rendidos, deseos-resumen, otras; o simplemente el exhibir sin pudor una manera de estar ahí. Hipótesis que a duras penas se diluyen ya en el mar de las teorías
En el pequeño reino, o en el territorio, de los escritores de “arte”, se suceden siempre una serie de procesos encadenados a gentes de otras lenguas y otros milagros. Condenados a clarificar el uso de códigos y sus posibles efectos (de eficacia, de eficiencia, etc.) en una especie de sistema de probabilidades que, en muchos casos, acaba por reducir información, los escritores de “arte”-como digo- desde su atalaya particular, resultan una suerte de “factor” co-creativo, necesariamente abocado a una redundancia estructural del lenguaje; y por eso a pesar de que el arte, o la pintura en este caso, desempeñe “oblicuamente”(como gusta definir Román de la Calle) funciones comunes al lenguaje mismo.
Efectivamente la pintura, el arte, es en esencia comunicación, pero adquiere – y generalmente admite- el perfil de la inapreciable línea de un suspiro, tanto como razón para desaparecer, como para convertirse en objeto igualmente definitivo. Quizá por eso, ambiciones y aturdimientos al margen, la palabra escrita y la pintura de estos tiempos, ya sin posibilidades de regresar a la “casa” de la representación, han construido una especie de sociedad secreta, pública y socialmente bien considerada, en general.
Y es que el territorio de la pintura, o mejor de los pintores, asistimos a una “apertura” que no ha dudado en apropiarse de cuantos recursos técnico-expresivos le han sido presentados, desarrollando una actividad que, con sus osadías y sus victorias, va más allá de la redundante “comprensibilidad” que la escritura (cualquier escritura) le otorga, pues en ese leve suspiro que perfila cada trazo, que destila cada cuadro, no solo está la ” potencia” del pintor, sus signos plásticos, sino que están los módulos expresivos propios de los destinatarios de esas obras, propiciando así el proceso “sui generis” de la comunicación artística.
En la generación de los cuatro pintores que reúne, o recoge, a modo de “radiantes elementos” el radiador colectivo, se han dado-y se dan-, en efecto, experimentalismos de toda especie y condición. Se resucitan y se prueban fórmulas y variaciones según sea la índole de los estímulos, lo radical de los subjetivismos. En la pintura que insobornablemente practican Javier Almalé, Jesús Casado Serrano, Pedro Flores y El Vaso Solanas está todo el enigmático artificio de la ilusión, reciente e inédita siempre; está el instinto en presencia del signo, contenido en la forma (a veces silencioso) o violentamente lanzado en sensaciones de color (colores altos, voces claras), y por que no, todo el “calor” que acostubradamente emiten quienes hacen de su vida un disparate magnifico, un “radiador”, en este caso.
Desde la emoción por la percepción de imágenes que, una vez narradas, son como la tonalidad de una experiencia (Almalé), a esa patología del “retrato” próxima a los jeroglíficos -el ojo inocente es un mito- en la pintura del Vaso, pasamos por el particular depósito de síntomas, por esa especie de concentración de energías, que suponen los trabajos de Casado Serrano, y por los descubrimientos “topográficos” y el interés por la claridad y la “estructura” del cuadro en Pedro Flores, pasamos, en fin, por la exactitud de la pintura, esa diosa que amamos.
Y en el reparto de papeles, del que hablaba al principio, me ha tocado la redundancia de contarlo para perseverar en la costumbre.
Zaragoza, Enero de 1992.
